
¡Oh luna distante, testigo de mi pena! ¿Dónde escondes tus lágrimas, tus sueños, tus sombras? Tú, que brillas en silencio, ¡ay!, tan serena, Me devuelves suspiros, promesas y horas. ¡Cómo duele el recuerdo, fugaz y ardiente! Tiemblan mis manos, mi voz se desgarra, Y en el eco del alma, tan persistentemente, Se oye un “te amo” que nunca se apaga. ¿Será que el destino, caprichoso y cruel, Juega conmigo en esta noche sin fin? ¡Ay del que ama sin ser amado, fiel, Que vive muriendo, soñando un jardín!